CANSADA DE FINGIR
Ya estaba harta, no aguantaba más, necesitaba escapar, huir, alejarse de todo por un tiempo y encontrar un lugar solo para ella, en el que poder dedicarse tiempo a sí misma, un lugar para pensar.
Laia estaba cansada de su sí misma y de todo lo que la rodeaba, apenas tenía 25 años, pero había decidido que no le gustaba su vida, que necesitaba otra diferente, una vida en la que ser feliz. Había seguido las normas que dictaba la sociedad, había estudiado derecho para ser una chica de provecho y trabajaba en un importante bufete de la capital, tenía un chico a su lado con el que planeaba casarse en unos años y estaba ahorrando para comprar un piso. Pero.... ¿era eso lo que ella quería?
En realidad estudió esa carrera porque sus padres querían que fuese abogada, según ellos tendría el futuro resuelto ya que su tío era el dueño de uno de los despachos más prestigiosos de Madrid, aunque en realidad lo que ella siempre quiso estudiar fue Bellas Artes, le encantaba la pintura, la fotografía, la música, la escultura, la literatura, el teatro... pero tan solo lo tenia como hobbie, u no podía dedicarle demasiado tiempo, ya que su trabajo ocupaba casi la totalidad de su día.
A Carlos, su novio, se lo habían presentado sus padres, era el hijo de unos viejos amigos de su madre al cual había conocido en una cena en familia, podría decirse que el chico apareció en el lugar apropiado en el momento indicado, Laia no hacía mucho que había roto con Alex, su anterior pareja y Carlos se convirtió en un gran apoyo durante un largo tiempo, no es que no le quisiera, pero estaba con él por el gran cariño que le tenía, siempre se había portado de maravilla con ella, aunque no entendía por qué tenía que trabajar tanto si él tenía un buen sueldo más que suficiente para los dos, y eso la ponía muy nerviosa, jamás le habían gustado ese tipo de mujeres que se quedan en casa mientras su pareja trabajaba y Carlos en ese asunto era un poco chapado a la antigua.
Su trabajo.... ni le gustaba ni le disgustaba, era simplemente una rutina, el día a día, aunque en realidad cada vez estaba más cansada de pasarse el día entre archivos, papeles, fotocopiadoras, expedientes, ordenadores y demás fauna de oficina... su jefe/tío no era un mal tipo, y su sueldo no estaba nada mal para la poca experiencia que tenía, aunque no sobra decir que era muy buena en su trabajo. Terminó la carlea con matrícula y nada más salir ya le habían ofrecido trabajo en varios despachos, aunque ella ya tenía su puesto asegurado desde que comenzó la carrera. Aunque delegaba gran parte de su trabajo siempre estaba cargada con montañas de papeles y mil cosas que hacer, apenas tenía tiempo para sí misma, y el poco rato del que disponía a medio día lo utilizaba para desconectar en el gimnasio.
Por suerte tenía unas amigas estupendas, que cada vez que la veían agobiada, decidían raptarla, unas veces simplemente le llevaban a emborracharse a cualquier garito que encontrasen abierto y otras directamente la secuestraban y la encerraban en alguna casita de campo en la que pasaban el fin de semana entre copas, risas y fiestas privadas solo para chicas. Simplemente las adoraba, estaban como un cencerro, pero eran las únicas que conseguían que desconectase y se olvidase de todo durando unas horas o un par de días. Entre ellas se encontraba Natalia, que además de una de sus mejores amigas, también era su hermana gemela, la hermana rebelde según sus padres, pero la que realmente había hecho lo que quería, sin importarle lo que pensasen los demás. Natalia amaba los animales, estaba estudiando veterinaria y pasaba la mayor parte del día en un refugio de animales que habían sido abandonados, Laia la admiraba.
Continuará...
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